
Mucho se ha escrito y se ha dicho sobre el ilustre general manabita Eloy Alfaro Delgado, a quien el Ecuador tuvo la suerte de tenerlo como Jefe Supremo y Presidente de la República en dos periodos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX 1895-1901 / 1905-1911, en cuyo ciclo de gobierno realizó la más trascendente y fecunda transformación que ha tenido el Ecuador a lo largo de su Historia, convirtiéndose en el gran constructor del Estado moderno del Ecuador del siglo XX; no teniendo dudas en afirmar que sin Alfaro el Ecuador hubiese tenido serios problemas en su supervivencia como país durante el pasado siglo XX, afirmación que me atrevo a efectuar porque fueron las dos Constituciones mentalizadas por Alfaro, la de 1897 y la de 1906, sobre todo ésta última, la que contiene la Declaración de principios que ha regido la vida democrática del Ecuador en el último siglo. Aparte de ello se preocupó de expedir un conjunto de leyes para dotar al Ecuador de un andamiaje jurídico lo suficientemente consistente para que no sea vulnerable a circunstancias o episodios desestabilizadoras en su organización como Estado y/o República. Si Bolívar nos creó como país en el siglo XIX (1830), Alfaro es el creador de la II República entre fines del siglo XIX y la primera década del siglo XX.
Las ideas políticas de Alfaro
Hay que ubicar a Alfaro en su verdadero andarivel ideológico. Como ciudadano se adhiere a las tesis que en ese entonces tenían una fuerte tendencia a nivel mundial y que triunfaron en Europa con la histórica Revolución Francesa de 1789 (revolución que consagró como trilogía de valores en la vida de un país, el imperio de la libertad, la igualdad y la fraternidad humana) aquello explica que Alfaro haya sido un activista, un creyente del imperio del Derecho y de la ley, sin lo cual entendió muy bien es imposible ni el ejercicio de la libertad, ni la igualdad jurídica de las personas dentro de una sociedad, ni mucho menos intentar un país fraterno en función de los más elevados intereses colectivos; no tuvo dudas en sus profundas convicciones democráticas, que la ley es el instrumento idóneo para la solución de conflictos interpersonales o de personas con instituciones. El haber entendido muy bien los postulados de la Revolución Francesa -que es la consecuencia de una dilatada lucha de la humanidad por varios siglos, que se inicia con el Renacimiento-, lo convierten en un verdadero líder y estadista, fruto de su esforzada y disciplinada educación en la que puso especial empeño su padre, siendo además un gran autodidacta, lo cual le permitió alcanzar los más completos conocimientos de la realidad nacional y mundial.
Comprendió a cabalidad que el ejercicio de la actividad política, a la que dedicó buena parte de su vida, requería del soporte de una agrupación organizada de ciudadanos que comulgando con similares ideas se convirtieran en activos militantes de las doctrinas democráticas en las que él creía, por eso funda en el Ecuador el Partido Liberal Radical, cuya denominación también refleja la hondura del pensamiento de Alfaro; creía en un liberalismo como defensor de la libertad y de las garantías fundamentales de las personas, que quedaron consagradas en la Declaración de los Derechos Humanos promulgados por la Asamblea Legislativa Francesa en 1789, doctrina liberal a la que le adicionó, como fruto de la amplitud de sus conocimientos de la Ciencia Política, la vertiente ideológica del Radicalismo; que le dio al ideario, del Partido que fundó, la incorporación de una doctrina que sostiene que el interés personal tiene un límite que es el que no puede afectar o desbordar el interés general.
En la profunda sensibilidad social y humana que tenía Alfaro le era gratificante sacrificar sus intereses personales por los intereses del conjunto de habitantes del país, tenía una ilimitada vocación de servicio por los demás, por eso fue un buen político en el mejor sentido de la palabra, no fue amigo de la figuración vanidosa, ni mucho menos era un ambicioso capaz de atropellar principios y amistades para captar el poder o enriquecerse de la misma. La Historia nos cuenta que él fue llamado desde Centro América, donde residía, para que asumiese la Jefatura del Estado ecuatoriano. Creía fielmente en sus ideas y, con la visión que tenía del futuro, advirtió la conveniencia de pensar en un Socialismo Democrático -que tanto éxito ha tenido en las últimas décadas en los países desarrollados, sobre todo de Europa y que hoy significan una alternativa política válida y de gran aceptación en el mundo presente-; esto es después de un siglo de su existencia vital. Las ideas de Alfaro siguen teniendo vigencia, eso demuestra lo visionario y certero de su luminoso pensamiento y su gran claridad de hombre de mente privilegiada.
Alfaro un idealista a carta cabal
El idealismo tiene como soporte insustituible la convicción y no la conveniencia de luchar por los más elevados anhelos humanos, y aquello requiere como premisa irremplazable el desprendimiento y desinterés con que una persona procede en los actos de su vida. Si algo caracterizó a este extraordinario líder fue su afán sin fronteras por ver felices a los demás, en soñar y querer un país donde existiese justicia, donde prevaleciera la moral, donde fuese posible el ejercicio de la libertad bajo el manto protector de la ley; creía que el ser humano tiene derechos, pero paralelamente debe cumplir obligaciones, asumir responsabilidades. Un idealista está más preocupado por dar que por recibir, eso marca la diferencia con "los vividores" que sólo buscan cómo obtener lánguidas ganancias de todo cuanto pueden aprovecharse; la riqueza de un idealista radica en su posibilidad de servir y ser útil a los demás y así era Alfaro.
Lo antes afirmado se demuestra con la proclama de Alfaro al aceptar asumir la Jefatura Suprema de la República, "justicia y más justicia" es lo que reclaman las grandes mayorías nacionales, a ello agregaba que para que eso fuese posible era imprescindible un proceder ético de las personas, que fuese al mismo tiempo respetuoso de las normas imperantes. Valoraba la importancia del orden, la organización. Pensaba, al igual que Benito Juárez, que sólo respetando el derecho ajeno es posible la paz; creía en una paz teniendo como premisa inseparable lo equitativo, lo justo. Como idealista quería un ser humano que procediese en todos los actos de su vida como debe ser y no como le de la gana y piense. No creía en los seres humanos conflictivos, egoístas, llenos de envidia, rencor y revanchismo social, aquello explica su célebre frase, lamentablemente no debidamente comprendida en su inmenso contenido, "perdón y olvido". Cuando asumió el poder no buscó olvidar lo malo sino preocuparse por lo positivo y lo bueno, simplemente no quiso perder el tiempo buscando culpables, persiguiendo a quienes le habían hecho daño y hacen daño a la sociedad, a ellos, sabía muy bien, era suficiente despreciarlos e ignorarlos. Quiso dedicar su tiempo a construir el país con el que el soñó, un país digno, altivo, soberano, donde hubiese posibilidades para la práctica de valores, de las buenas costumbres, "dejadme practicar las buenas costumbres, y te devolveré libertad y gloria" fue una de sus más acertadas y extraordinarias frases; creía en un país que no renunciase a sus tradiciones, a su ancestro, a su forma peculiar de ser y pensar. Quería que fuéramos auténticos, despreciaba la hipocresía de quienes buscan ponerse el traje de las apariencias, por eso les decía: "al pan, pan y al vino, vino". Así son los idealistas: sinceros, frontales, no buscan el acomodo, prefieren la verdad, por eso José María Vargas Vila, el más polémico periodista colombiano, el crítico más temible e implacable de la realidad social y política imperante en la época, destacaba la magnanimidad de Alfaro y lo decía con signo de interrogación y algo de incredulidad, no entender cómo un hombre como Alfaro de inmenso corazón había tenido el coraje de meterse en ese mundo que los mediocres y sinvergüenzas lo vuelven repugnante y de constante conflictividad, que es la política; donde los inescrupulosos son capaces de atropellar todo lo que puedan para alcanzar sus personales propósitos, donde predominan únicamente los intereses y la ambición por el poder y el dinero, por eso Alfaro sabía de la persecución que le harían los traficantes de la politiquería, los deshonestos, los falsos. Sabía que lo matarían, por eso exclamaba: "a mí me asesinarán pero mi sangre los ahogará y saldrá a flote su miseria humana", así son los verdaderos idealistas, hombres en el fondo generosos, desinteresados, luchan por el bien común, eso explica el pensamiento del "Che Guevara", otro idealista, exhibido en uno de los sitios más históricos de La Habana, en el Fuerte de "El Morro", cuando afirma: "las grandes revoluciones están inspiradas en los más grandes sentimientos de amor", ese amor por una sociedad justa donde se practiquen y prevalezcan los valores y se reconozcan méritos y virtudes, ese es el país con que sueñan los idealistas como lo fue Alfaro y así debe entenderse el inmenso legado histórico de tan excepcional ciudadano y gobernante.
Alfaro persona emprendedora
Una de las grandes ventajas que tuvo Alfaro fue la de haber aprendido a vivir de su esfuerzo, de su trabajo creador, no vivió del trabajo ajeno, sabía como lo saben los verdaderos revolucionarios que "las tortillas no se hacen con palabras, se hacen con maíz" como lo dijera en aleccionador y bien logrado pensamiento ese gran líder mexicano que fue Emiliano Zapata. Alfaro fue formado en la Escuela del trabajo productivo, de la permanente búsqueda de recursos para poder supervivir, su padre fue el primer exportador ecuatoriano de los afamados "sombreros de Montecristi" e incluso logró exportar el "queso manabita", por eso supo del valor que tiene aprender a ganar el sustento para vivir con esfuerzo y dedicación y con ello generar bienes para su subsistencia y por ende de la sociedad; su padre lo obligó a educarse y prepararse para la vida, fueron esas experiencias las que le permitieron adquirir una formación lo suficientemente consistente para enfrentar las dificultades y desafíos que se nos van presentando a lo largo de nuestra existencia. Aquella formación de hombre que sabía ganarse la vida, con sus propios medios de persona emprendedora, fue la que le sirvió para siempre encontrar medios para supervivir con su familia durante los varios exilios que tuvo que soportar en el exterior, donde buscaba realizar actividades de negocio para vivir honradamente con su familia e incluso generar recursos para su lucha por las ideas que profesaba.
Queda claro que Alfaro fue un hombre de claro talento emprendedor en su vida pública y privada, eso lo formó para saber como dirigir, para no sólo hacer lo que sabía sino saber bien lo que hacía; era un hombre completo, no tenía lagunas en sus conocimientos, nada le era ajeno, sus vivencias le permitieron acceder al conocimiento en todos los campos de la vida humana, no sólo producía para él sino que producía para los demás, estaba dentro del grupo de "los que viven del sudor de su frente y no de los que viven del sudor de la gente". No fue un dependiente de sueldos del Estado, lo que le posibilitó no volverse un hombre cómodo que se limitaba a esperar lo que los que otros siembran con su esfuerzo y él cosechar de esa siembra, vivía de su propio trabajo, era un convencido del derecho a la libertad de los seres humanos, creía en una libre empresa honesta, esa fue su forma de proceder en la vida, nunca la disimuló, su talla de hombre superior le impedía engañar a nadie expresando criterios que no respondían a las ideas en las que él creía. Fue un hombre transparente, están equivocados quienes desde una concepción marxista y dogmática lo han querido señalar peyorativamente afirmando que Alfaro era un "burgués bueno", o quizá para otros pequeños de espíritu hasta "un tonto útil"; simple y llanamente Alfaro fue un hombre de trabajo, solidario, ecuánime, justo, sacrificado, luchador sin descanso por la igualdad, la libertad y la fraternidad humana, nunca dijo ni actuó de otra manera, en lo que sí era implacable era en su lucha contra los inmorales, tiranos, falsos redentores, mentirosos, abusivos, aprovechadores, desleales y contra los que lucran de la necesidad ajena, por eso exclamó: "la deslealtad es la peor lepra que aflige a la humanidad, confunde el bien con el mal y termina promiscuándolo todo", cuánta sabiduría y verdad en ese magistral pensamiento.
Alfaro y el ferrocarril
Sin duda la obra de Alfaro que más resonancia histórica ha tenido ha sido la construcción de la red de ferrocarriles con la que cruzó y conectó toda la geografía nacional, lo cual tiene su explicación por la magnitud física de la obra e importancia y servicio que prestó, eso hace que muchos ecuatorianos que la utilizaron la añoren y otros quieran se reconstruya nuevamente. Esta impresionante obra, para esa época que colocaba al país con vías de comunicación a la altura de los países más desarrollados (no perdamos de vista que en el mundo moderno siguen siendo los ferrocarriles medios de transportación muy utilizados en los países desarrollados) no sólo facilitaba en aquellos tiempos la movilización de bienes y personas al interior del país, sino que tenía un objetivo de mucho mayor alcance y trascendencia. Alfaro comprendía muy bien que el principal problema del Ecuador y, paradójicamente, su mayor fortaleza ha sido y es su diversidad (que bien entendida es una riqueza privilegiada, somos un país con regiones distintas, etnias diferentes, climas disímiles, culturas diversas, que influyen en nuestra forma de ser y pensar, esas diferencias provocan e inciden en una falta de comunicación y unión adecuada entre ecuatorianos); justamente el ferrocarril Guayaquil-Quito buscaba unir la Sierra con la Costa, Alfaro conoció muy bien esa ruta que fue la que utilizó cuando debió trasladarse desde Guayaquil, donde había llegado en buque desde Centro América para ir hasta Quito y asumir la Jefatura Suprema del Estado, eso lo hizo entender mejor la magnitud del problema, lo difícil que resultaba en esos tiempos para un costeño subir a la Sierra y para un serrano venir a la Costa, posteriormente unió el Austro con la Sierra con la vía Sibambe – Cuenca y cruzó de redes ferroviarias toda la geografía nacional, procuraba la unidad nacional, sin lo cual es imposible pensar en un proyecto – país; en su ideario no le era extraño la tesis del "pacto social" propuesta en la Revolución Francesa por uno de sus ideólogos como lo fue Juan Jacobo Rousseau.
Queda claro que el objetivo de Alfaro al construir el ferrocarril no fue para "lucirse" haciendo una obra física importante, quiso dotar al país de facilidades de comunicación entre las distintas regiones y personas de nuestra patria, ese fue su empeño, su convicción, por eso cuando encontró que la agreste topografía de nuestro territorio conspiraba contra sus deseos, esos escollos fueron vencidos y superados por su férrea voluntad de hacer una obra que la consideraba urgente e indispensable para el país, por eso superó las dificultades de la renombrada "Nariz del Diablo" cuya configuración en un peñasco inaccesible fue vencido y se hizo la obra. Adicionalmente Alfaro estaba consciente que esta obra no sólo ayudaba a comunicar mejor y unir a los ecuatorianos, sino que a su vez contribuía a un mejor desarrollo económico del país al facilitar y agilitar el traslado de bienes generadores de riqueza y por ende suministradores del mayor bienestar para todos.
Alfaro y la educación
Si el ferrocarril es la obra que físicamente proyecta más gráfica y objetivamente en la realidad la gestión de Alfaro como gobernante, es en el campo educativo donde quizá realiza la labor de mayor beneficio social; estaba convencido que había que construir cimientos socialmente sólidos para volver consistente el rumbo de la sociedad, tenía muy claro que la ignorancia o el desconocimiento son los principales aliados de la confusión y falta de conciencia de quienes forman parte de una sociedad o habitan un determinado territorio, que esa desinformación o carencia de orientación facilita el aprovechamiento de los demagogos vendedores de falsas promesas e ilusiones.
Alfaro no sólo quiso favorecer la educación, su obra en este campo tenía una mayor connotación, estableció como principio que la misma fuera laica, es decir una educación libre que rompiera con el esquema de una educación dogmática de orden religioso que era excluyente y sectaria en aquel tiempo. Su anhelo era el que el país contara con la posibilidad que sus niños y jóvenes se formaran con una mente abierta al conocimiento universal, que no conocieran de ataduras, de coacciones, de temores, de prejuicios, de diques mentales, de repetir afirmaciones sin la reflexión o análisis suficientes; sabía que sólo un ser humano dispuesto al aprendizaje es capaz de contribuir a edificar una mejor sociedad y todo eso lo posibilita una educación laica.
Su labor en el campo educativo no se agota en querer un país con ciudadanos provistos de conocimientos, formados en un ambiente de libertad, deseaba que esa educación fuese de calidad y algo más, que aquella fuese la base para la transformación que deseaba para su patria, ello lo llevó a crear nuevos centros de formación, a preparar nuevos maestros con una nueva mentalidad, quería sepultar los vicios de una educación mediocre y sectaria, ello explica la creación de los inolvidables Normales como centros especializados de formación de maestros (as) formados(as) en la Escuela del honor, civismo y conocimiento pedagógico. Entendía muy bien que lo fundamental en la educación es tener buenos docentes, sin buenos profesores (as) jamás existirán buenos(as) alumnos(as). Sabía que el cambio había que hacerlo desde las raíces, junto a estos Normales como nichos formativos de una renovada clase magisteril; sembró a lo largo y ancho del territorio nacional nuevas Escuelas y Colegios, que permitiesen el mayor acceso posible a la educación a los más amplios sectores de educandos. Tan profundo en su concepción de vida fue que valoró el arte en su justa dimensión creando el Conservatorio de Música. En definitiva Alfaro, en su amplio bagaje de conocimientos de la realidad social, sabía que educación y producción (ya lo hemos definido en su faceta de hombre emprendedor) son los principales pilares para el desarrollo sustentable de un país, para volver viable una mayor equidad social; lo uno y lo otro son las vertientes que desembocan en una mayor calidad de vida, lo contrario es simplemente retórico.
Alfaro y las Fuerzas Armadas
Alfaro se ganó en el campo de batalla (no de la guerra que extermina sino en la que lideró por darle y legarle libertad a sus conciudadanos -en la guerra que libró sin claudicaciones contra lo inmoral, la injusticia, la opresión, la farsa y la mentira de quienes se aprovechan de la buena fe ajena-, en su lucha sin tregua por rescatar a su patria de las garras de los que la escarnecieron con sus malos gobiernos, rebelándose para verla independiente, soberana, digna y altiva, por esa lucha sin desviaciones ni descansos) el honroso grado de General, alto honor que no sólo se lo reconoció el país sino toda América Latina y El Caribe, que supo de su idealismo, de saberlo un líder bien formado y visionario. No era el "General de las derrotas", como lo bautizaron, queriendo ser sarcásticos sus detractores, no era "el viejo luchador", como quisieron estigmatizarlo quienes no entienden que los ideales lo mantienen a uno siempre joven en la vanguardia de la lucha contra los vicios de una sociedad; fue un líder mayúsculo que buscó ver a un Ecuador grande y respetado en el concierto de naciones del mundo, quería ver a todos los ecuatorianos disfrutando del mayor bienestar posible, creía sin dubitaciones que sí era posible tener una vida menos angustiosa y más placentera.
Como estadista que era comprendía que para poder tener una organización social sólida, para que el país transite por el sendero del orden, la estabilidad, la tranquilidad ciudadana, para que los grandes objetivos y causas nacionales puedan convertirse en una alegre realidad, es indispensable y necesario contar con el apoyo de una Fuerza Pública que proteja la integridad y dignidad nacional a lo externo y garantice a lo interno el goce de las garantías fundamentales a las personas, ello lo lleva a crear el Colegio Militar como centro de formación de Oficiales que sean educados en la Escuela de la "disciplina, del honor y la lealtad" como reza el slogan del portón principal de ese centro de formación militar; es que desgraciadamente para quienes usan a Dios y a la ley de acuerdo a sus conveniencias para consumar toda clase de fechorías, para violar a su antojo la ley y apropiarse de los fondos públicos, no existe otra alternativa para poder frenar a delincuentes de toda calaña, para que sea posible la aplicación de la ley y hacer efectiva la justicia. Resulta indispensable el apoyo de una Fuerza Pública, no contar con este apoyo es dejar en manos de pandillas desaforadas, de sicarios pagados que amedrentan o asesinan a los hombres de bien, es dejar espacios para que los problemas nacionales se resuelvan en el enfrentamiento físico y a la fuerza entre sectores que pugnan por lograr cuotas de poder o alcanzar fortunas mal habidas.
Adicionalmente Alfaro no sólo creó una institución para formar hombres que luzcan con gallardía el uniforme de soldados de la patria, democratizó, en el mejor de los sentidos, la posibilidad de ingresar a este Colegio Militar (que abrió el camino para que se crearan posteriormente las otras Escuelas de Aviación y Naval); su propósito era terminar con el criterio de que siguiera siendo un centro de formación militar para las élites puestas al servicio de los poderosos y gamonales, quiso unas Fuerzas Armadas conformadas por hombres patriotas y honorables, esa era su ilusión y propósito, y hay que reconocer que, dejando a un lado militares que a lo largo de nuestra Historia han manchado su uniforme incursionando en actividades que no son de su incumbencia, las Fuerzas Armadas han sido una reserva moral y legal para resguardar la dignidad, el orden y la seguridad ciudadana.
Alfaro y la mujer
Alfaro fue un caballero sin tacha, la formación recibida en su hogar conformada por un español de honor y republicano y una madre hacendosa que consagró su vida a su hogar y sus hijos(as), hicieron de Alfaro un hombre que aprendió a respetar a la mujer, a valorarla, entenderla como la compañera y el complemento indispensable en la vida de un hombre; no la concebía como ente subordinada a él, sino como el ser que le posibilita tener estabilidad emocional y sea quien lo nutra con su intuición innata, con su sensibilidad sin límites (la que con mucha razón se sostiene posee una especie de "sexto sentido" que le confiere justamente esa posibilidad de reproducir en su vientre y sus entrañas a otro ser) la que lo acompañe con su corazón para que su mente sea más fértil, la que le haga sentir la suprema emoción de ser padre con su capacidad excepcional y única de poder engendrar vida humana, la que le permita al hombre contar con un hogar como el sitio más apropiado para el descanso y la reflexión. Alfaro, hombre profundo en sus conceptos que no conocía el egoísmo, se empeñó en darle a la mujer ecuatoriana la oportunidad de ocupar un espacio igual que el hombre dentro de la sociedad.
Si Alfaro fue un buen hijo, un buen esposo y un buen padre, esa fue también la más tangible demostración de la valoración que tenía por la mujer, ello explica el que haya buscado su cooperación para que desarrolle su inmensa capacidad de producir socialmente y solicitarle su contribución en la vida pública nacional, en lo que significaba la más elocuente demostración de que era un convencido de la igualdad de las personas ante la ley sin distinción de sexo, religión o condición social, como reza la Declaración de los Derechos Humanos, de la que Alfaro fue un invariable y convencido militante.
El hecho de haber incorporado a la mujer a la vida pública dándole igualdad de trato y oportunidades que al hombre, demuestra no sólo un espíritu superior y sinceramente democrático, sino la clara visión que tenía del mundo del mañana. Si resulta innegable que un siglo después se sigue debatiendo sobre la equidad de géneros, en un mundo que actualmente es testigo de ver a la mujer superarse y prepararse para la vida buscando adquirir conocimientos y demostrando su gran afán de romper con subordinaciones y prejuicios y procurar ser independiente humana y económicamente, aquello es visible en los claustros universitarios que hoy exhiben una mayor población femenina que masculina, lo que pone en evidencia sus anhelos de superación. En definitiva queda claro el alto y especial concepto que tuvo Alfaro de la mujer y su predilecto y leal afecto por su madre, esposa y sus hijos (as), estos últimos justamente fruto de su unión con su mujer.
Alfaro y la moral
Si algo estimuló la rebeldía y lucha de Alfaro fue la corrupción que imperaba en aquella época, era consciente que nada hace más daño a una sociedad y a un país que gente sinvergüenza pasando por "exitosa", al apropiarse o aprovecharse de los dineros que nos pertenecen a todos; si robarle a una persona, a una entidad, es un delito condenable, robarle al conjunto de la sociedad es un delito repugnante que resquebraja toda posibilidad de una vida respetuosa y armónica. Nada justifica el que uno se beneficie perjudicando a todos, por eso la sociedad debe rechazar con indignación y desprecio a los que se enriquecen injustificadamente aprovechándose de los fondos públicos, para lo cual utilizan cualquiera de las figuras delictivas, sea a través del cohecho (cuando una persona particular se pone de acuerdo con un dignatario público para repartirse dinero encareciendo el valor de una obra o la adquisición de un bien) de la concusión (que es la presión o chantaje que un dignatario público realiza para que el interesado en la ejecución de una obra, o venta de bienes o prestación de un servicio, entregue un valor a cambio de la gestión o decisión que realiza o toma el funcionario corrupto), del peculado (que es apropiarse de fondos públicos sin la debida justificación); ese ambiente de corrupción que Alfaro conoció y que actualmente se ha incrementado, lo indignaba y lo rechazaba con la suficiente valentía y firmeza, aquello lo llevó a concebir otro de sus extraordinarios pensamientos: "donde impera la corrupción y el robo es imposible la República", cuanta verdad y acierto en ese juicio de valor, lo reitero sin valores ni eticidad: la sociedad se desmorona, se d